En 1971 un grupo de chavales ferrolanos acordó despedir a uno de ellos, que se marchaba un año a Huesca, con una excursión a un lugar remoto y que exigiera esfuerzo. Eligieron el monasterio de Caaveiro, y se lo curraron. Tras recorrer el tramo de carretera asfaltado iban bordeando el río Eume y tuvieron que detenerse a coger aliento cuando llegaron al puente que da acceso a la otra orilla. Y es que había que acometer los 620 metros que restaban, buena pendiente que se salvaba por un sendero realmente incómodo. Arriba esperaban el encanto, la desolación y la ruina. O sea, un monasterio fundado en el siglo X por san Rosendo y que se venía abajo.
2009. Las cosas han cambiado. La Diputación de A Coruña -propietaria del cenobio levantado en medio de lo que hoy es el parque natural de las Fragas do Eume- tomó cartas en el asunto hace pocos años, metió mucho dinero y con Celestino Braña e Isabel Aguirre -dos arquitectos bien conocidos en Galicia- al frente tardó lo suyo en recuperar de manera rigurosa todo aquel conjunto que en su tiempo albergó a ermitaños, quienes fueron precisamente los que San Rosendo agrupó en una comunidad. Curioso: debe de ser el único monasterio gallego que en el siglo XIX fue rehabilitado por un particular, don Pío, que pasaba allí los estíos y en la iglesia nueva fue enterrado.
La declaración de parque natural ayudó y ayuda a conservar la que está considerada última fraga atlántica de Europa, aunque el eucalipto empiece a irrumpir como elefante en cacharrería, y, si en otras partes de Galicia puede debatirse su derecho a existir, aquí no.
La excursión ya no procede acometerla en las penosas condiciones de aquellos muchachos ferrolanos, hoy cincuentones los supervivientes. Fuera de temporada alta incluso dejan pasar el coche hasta el puente, y en el estío un minibús lanzadera gratuito no para entre el centro de interpretación (se alquilan bicicletas) y ese mismo puente. Y quienes quieran conocer un poco más ese bosque, que sigan desde el final de la pista por un camino sin pérdida (en la única desviación, hacia el río) que los conducirá hasta la central de O Parrote tras media hora de delicioso paseo. Lo hicieron miles de veces aquellos que tuvieron que refugiarse en el monte cuando la barbarie arrasó España en los años treinta del siglo pasado. Pero esa es, sí, otra historia. Por suerte.